August 20, 2014

Utopía


El país se vacía, los mosquitos nos infectan a niveles de epidemia, la crisis que lleva más de ocho años no parece que desaparezca en los próximos ocho, hay amenaza de sequía, hay fuga de profesionales, hay alta deserción escolar, el desempleo sigue aumentando, las carreteras cada vez son más peligrosas, el consumo del petróleo aumenta, el costo del petróleo aumenta, las uniones amenazan con paros nacionales, los muelles están repletos de carga que no pueden repartir, acusan a jueces de fraude, acusan a doctores de fraude, acusan a alcaldes de fraude, policía mata a su esposa frente a sus hijos, los maestros no tienen materiales, las escuelas no están aptas para recibir estudiantes, las mujeres sin hijos tienen más probabilidades de morir jóvenes, criar a un hijo cuesta medio millón de dólares, proponen aumentar los impuestos, eliminan beneficios a la clase trabajadora, proponen aumentar beneficios a los desempleados, aumentan las quiebras, cierran más comercios locales en el 2014, aumentan los peajes . 

¡AHHHHHHHH!

Si usted leyó eso, acaba de leer las primeras 24 páginas de los periódicos o escuchar los primeros 30 minutos del noticiero.

Así cada mañana nos levantamos no sé si miles o si ya somos cientos, de puertorriqueños cojonús que nos hemos quedado aquí, por las razones que sean. Escuchamos, leemos, preguntamos, hablamos y muchas veces ignoramos con toda la intención. Es nuestra realidad. Se ve así por más optimistas, pesimistas o realistas que seamos o queramos ser sin exageraciones y si se sienta con sus amigos un día cualquiera a hablar un rato se encontrará inmersa en alguna de esas conversaciones. Pero también es realidad que más allá del crédito es nuestro producto humano cada vez se sigue degradando.

Pensaba hace unos días, como somos los boricuas cuando intentamos vender nuestro país a extranjeros. Como se lo presentamos a ese extraño que no tiene idea de que en estos 100 x 35 habita gente que habla idiomas aceptados mundialmente y no dialectos. Con eso en mente recuerdo que siempre se mencionan sus playas, su gastronomía y su gente. Pero ¿qué pasa cuando su gente deja de ser  un atractivo?
Vivimos una guerra civil no declarada. La guerra entre nosotros mismos, las guerras de clases, de razas, de poderes, de pisotear para subir, de envidiar y mancillar reputaciones, de repudiar al que tiene más que yo e intentar que lo pierda y no me diga a mí que no. Piense, analice.

¿Cuántos peleamos porque el del caserío tiene agua o luz más barata? Pero a la hora de reclamar, no le reclamamos al gobierno, no. Insultamos al del caserío, le tildamos de cafre, de “yal” de “caco”. Asimismo, ¿cómo criticamos al doctor con su carro europeo? Le abrimos la puerta a que es “periquero”, a que hace lavado de dinero o tiene “palas” en algún lado. Entonces, ¿contra qué peleamos?

Entonces el día que una doctora X le dijo lo que todos nosotros le gritamos al pueblo mientras vamos en un tapón se dividieron las masas como cuando Moisés dividió el Mar Rojo. Los que decían que los presentes de seguro se lo buscaron y los que repudiaron el que la doctora criticara a Daddy Yankee. Pero nadie pensó en que ese es el reflejo del país que habitamos todos los días. Estamos peleando entre nosotros todo el tiempo. Tenemos las armas apuntando al objetivo incorrecto.

Estamos desenfocados. No estamos luchando por lograr justas contribuciones o exigir que se estudien los modelos económicos. No estamos trabajando para lograr medidas de austeridad en los que más tienen y opciones para el futuro del que le falta. No exigimos mejores condiciones de salud. No auscultamos la posibilidad de un sistema educativo de altura para todos. No estamos logrando nada. No estamos remando para el mismo lado y punto.

Viendo la historia de Colombia en los años 90 veo que este país tuvo la alta incidencia criminal más alta del mundo. Un país lleno de corrupciones por parte de todas las esferas de poder, dominaba la mafia, los carteles eran quienes regían en poder. Se mataban hasta por perder partidos de futbol. Proponer viajar a Colombia en el 95 era decirle al mundo que querías enfrentar la muerte. Sin embargo, tras años de batallar contra el crimen, décadas y MILLONES de dinero en inversión, esta gente logró lavarse la sangre del cuerpo y proyectarse al mundo como un país que supo salir adelante.

Puerto Rico, mi hermosa Isla a la que todos los días le encuentro una nube más blanca y un cantito de playa que le desconocía, se está convirtiendo a pasos grandes en esa Colombia del 90. Vivimos acostumbrados a que la corrupción, el fraude y la prepotencia sean la orden del día. No nos asombra. Lo comentamos dos días en los periódicos y mientras tomamos café y se nos olvida. Sabemos dónde se tira la droga. Sabemos quién la consume. Conocemos quién llego al puesto por ser hermano de cual o por que le debía un favor a tal pero no se hace nada porque el sistema nos imposibilita hacerlo. Escuchamos a los de poder insultarnos, tratarnos de brutos.

Sabemos muy bien que el gobierno, sus asesores, sus cabilderos, jefes, sub jefes, asistentes de sub jefes y coordinadores del asistente del sub jefe, nos roban hasta los panties sin quitarnos los pantalones. Nos tienen el puño en la cara. Se quejan de que sus sueldos no les dan para vivir, se quejan frente a los micrófonos de los que tenemos que decidir si pagamos la luz o almorzamos.  Nos dicen que nos tomemos el agua con sabor, que sus contadores tienen animalitos o que somos crápulas.

No me asusta el del caserío ni el del barrio menos. Sinceramente les digo que he vivido experiencias con muchos de ellos y tengo que decir que han sido muchas más las buenas experiencias que las malas. Son ellos los que sufren víctimas del millonario que lo usa para traficar de su droga y del de la clase media que se cree que porque vive con acceso controlado tiene derecho a despreciarlo por usar carteras de imitación. Me preocupa mucho la gente con poder. Es de parte de ellos que peor trato he recibido.

Me preocupa tener que vivir en un país donde sobrevive el que más tiene, no se trata del más fuerte como la teoría de la evolución, no. Se trata de quien puede contratar mejores abogados, de quién conoce a más gente en las altas esferas políticas o quién tiene más armas para desenfundar. Me aterran esos que al creerse mejor porque hablan mejor inglés, le niegan la oportunidad a la Isla a vivir en comunidad. Nos negamos a nosotros mismos poder vivir mejor porque vivimos pendientes a dejar bien claro que nosotros no somos iguales.

Vivo con el miedo de pensar, cuan peor tienen que ponerse las cosas para que nos decidamos a arreglarlas. ¿Cuántos años más aguantaremos? ¿Quiénes seremos los que aguantaremos? Vivo aterrada de que me llamen a decirme que mataron a uno de los míos y aunque parezca paranoica, analizo cuanto tiempo pasará para que una enfermedad catastrófica me afecte y la burocracia me impida un buen tratamiento.

Tengo el presentimiento de que los buenos somos más, lo escucho y trato de creerlo y me levanto todos los días pidiéndole a Dios que por favor me permita dar el ejemplo. Porque tengo la convicción de que uno debe intentar ser mejor para ayudar a que otros sean mejor.  Ya son demasiados a los que tengo que extrañar porque se me han ido buscando mejor vida y no quiero extrañar más.


No sé cuánto pase, no sé cuántos quedemos, pero espero que logremos vivir en un Encanto de Isla nuevamente y que todos los que se han ido tengan ansias locas por regresar.