El país se vacía, los mosquitos nos infectan a
niveles de epidemia, la crisis que lleva más de ocho años no parece que
desaparezca en los próximos ocho, hay amenaza de sequía, hay fuga de
profesionales, hay alta deserción escolar, el desempleo sigue aumentando, las
carreteras cada vez son más peligrosas, el consumo del petróleo aumenta, el
costo del petróleo aumenta, las uniones amenazan con paros nacionales, los
muelles están repletos de carga que no pueden repartir, acusan a jueces de
fraude, acusan a doctores de fraude, acusan a alcaldes de fraude, policía mata a
su esposa frente a sus hijos, los maestros no tienen materiales, las escuelas
no están aptas para recibir estudiantes, las mujeres sin hijos tienen más
probabilidades de morir jóvenes, criar a un hijo cuesta medio millón de
dólares, proponen aumentar los impuestos, eliminan beneficios a la clase
trabajadora, proponen aumentar beneficios a los desempleados, aumentan las
quiebras, cierran más comercios locales en el 2014, aumentan los peajes .
¡AHHHHHHHH!
Si usted leyó eso, acaba de leer las primeras
24 páginas de los periódicos o escuchar los primeros 30 minutos del noticiero.
Así cada mañana nos levantamos no sé si miles
o si ya somos cientos, de
puertorriqueños cojonús que nos hemos quedado aquí, por las razones que sean.
Escuchamos, leemos, preguntamos, hablamos y muchas veces ignoramos con toda la
intención. Es nuestra realidad. Se ve así por más optimistas, pesimistas o
realistas que seamos o queramos ser sin exageraciones
y si se sienta con sus amigos un día cualquiera a hablar un rato se encontrará
inmersa en alguna de esas conversaciones. Pero también es realidad que más allá del crédito es nuestro
producto humano cada vez se sigue degradando.
Pensaba hace unos días, como somos los
boricuas cuando intentamos vender nuestro país a extranjeros. Como se lo
presentamos a ese extraño que no tiene idea de que en estos 100 x 35 habita gente
que habla idiomas aceptados mundialmente y no dialectos. Con eso en mente
recuerdo que siempre se mencionan sus playas, su gastronomía y su gente. Pero ¿qué
pasa cuando su gente deja de ser un
atractivo?
Vivimos una guerra civil no declarada. La
guerra entre nosotros mismos, las guerras de clases, de razas, de poderes, de
pisotear para subir, de envidiar y mancillar reputaciones, de repudiar al que
tiene más que yo e intentar que lo pierda y no me diga a mí que no. Piense, analice.
¿Cuántos peleamos porque el del caserío tiene
agua o luz más barata? Pero a la hora de reclamar, no le reclamamos al
gobierno, no. Insultamos al del caserío, le tildamos de cafre, de “yal” de “caco”.
Asimismo, ¿cómo criticamos al doctor con su carro europeo? Le abrimos la puerta
a que es “periquero”, a que hace lavado de dinero o tiene “palas” en algún lado.
Entonces, ¿contra qué peleamos?
Entonces el día que una doctora X le dijo lo
que todos nosotros le gritamos al pueblo mientras vamos en un tapón se
dividieron las masas como cuando Moisés dividió el Mar Rojo. Los que decían que
los presentes de seguro se lo buscaron y los que repudiaron el que la doctora
criticara a Daddy Yankee. Pero nadie pensó en que ese es el reflejo del país
que habitamos todos los días. Estamos peleando entre nosotros todo el tiempo.
Tenemos las armas apuntando al objetivo incorrecto.
Estamos desenfocados. No estamos luchando por
lograr justas contribuciones o exigir que se estudien los modelos económicos.
No estamos trabajando para lograr medidas de austeridad en los que más tienen y
opciones para el futuro del que le falta. No exigimos mejores condiciones de
salud. No auscultamos la posibilidad de un sistema educativo de altura para
todos. No estamos logrando nada. No estamos remando para el mismo lado y punto.
Viendo la historia de Colombia en los años 90
veo que este país tuvo la alta incidencia criminal más alta del mundo. Un país
lleno de corrupciones por parte de todas las esferas de poder, dominaba la
mafia, los carteles eran quienes regían en poder. Se mataban hasta por perder
partidos de futbol. Proponer viajar a Colombia en el 95 era decirle al mundo
que querías enfrentar la muerte. Sin embargo, tras años de batallar
contra el crimen, décadas y MILLONES de dinero en inversión, esta gente logró
lavarse la sangre del cuerpo y proyectarse al mundo como un país que supo salir
adelante.
Puerto Rico, mi hermosa Isla a la que todos
los días le encuentro una nube más blanca y un cantito de playa que le
desconocía, se está convirtiendo a pasos grandes en esa Colombia del 90.
Vivimos acostumbrados a que la corrupción, el fraude y la prepotencia sean la
orden del día. No nos asombra. Lo comentamos dos días en los periódicos y
mientras tomamos café y se nos olvida. Sabemos dónde se tira la droga. Sabemos quién
la consume. Conocemos quién llego al puesto por ser hermano de cual o por que
le debía un favor a tal pero no se hace nada porque el sistema nos imposibilita
hacerlo. Escuchamos a los de poder insultarnos, tratarnos de brutos.
Sabemos muy bien que el gobierno, sus
asesores, sus cabilderos, jefes, sub jefes, asistentes de sub jefes y
coordinadores del asistente del sub jefe, nos roban hasta los panties sin
quitarnos los pantalones. Nos tienen el puño en la cara. Se quejan de que sus
sueldos no les dan para vivir, se quejan frente a los micrófonos de los que
tenemos que decidir si pagamos la luz o almorzamos. Nos dicen que nos tomemos el agua con sabor,
que sus contadores tienen animalitos o que somos crápulas.
No me asusta el del caserío ni el del barrio
menos. Sinceramente les digo que he vivido experiencias con muchos de ellos y
tengo que decir que han sido muchas más las buenas experiencias que las malas. Son ellos los que sufren
víctimas del millonario que lo usa para traficar de su droga y del de la clase
media que se cree que porque vive con acceso controlado tiene derecho a
despreciarlo por usar carteras de imitación. Me preocupa mucho la gente con poder. Es de parte de ellos que peor trato he recibido.
Me preocupa tener que vivir en un país donde
sobrevive el que más tiene, no se trata del más fuerte como la teoría de la
evolución, no. Se trata de quien puede contratar mejores abogados, de quién
conoce a más gente en las altas esferas políticas o quién tiene más armas para
desenfundar. Me aterran esos que al creerse mejor porque hablan mejor inglés,
le niegan la oportunidad a la Isla a vivir en comunidad. Nos negamos a nosotros
mismos poder vivir mejor porque vivimos pendientes a dejar bien claro que
nosotros no somos iguales.
Vivo con el miedo de pensar, cuan peor tienen
que ponerse las cosas para que nos decidamos a arreglarlas. ¿Cuántos años más
aguantaremos? ¿Quiénes seremos los que aguantaremos? Vivo aterrada de que me
llamen a decirme que mataron a uno de los míos y aunque parezca paranoica,
analizo cuanto tiempo pasará para que una enfermedad catastrófica me afecte y la
burocracia me impida un buen tratamiento.
Tengo el presentimiento de que los buenos
somos más, lo escucho y trato de creerlo y me levanto todos los días pidiéndole
a Dios que por favor me permita dar el ejemplo. Porque tengo la convicción de
que uno debe intentar ser mejor para ayudar a que otros sean mejor. Ya son demasiados a los que tengo que extrañar
porque se me han ido buscando mejor vida y no quiero extrañar más.
No sé cuánto pase, no sé cuántos quedemos,
pero espero que logremos vivir en un Encanto de Isla nuevamente y que todos los
que se han ido tengan ansias locas por regresar.
